Asesinos
¿Por qué demonios sus dueños
los han abandonado en ese inhóspito lugar?
Sus miradas nobles se cruzaban
una y otra vez buscando una respuesta. Llevaban varios días en aquel
campo vallado, sin alimentos y sin agua.
Ellos que habían corrido en
los mejores hipódromos del mundo, que habían ganado innumerables
premios para sus amos. Ahora se sentían abandonados, olvidados y
viejos, cuando más necesitaban cuidados y en cambio… estaban en la
nada.
Anochecía cuando oyeron el
ruido del motor de un coche que de pronto se acercaba, los dos
corrieron contentos, dejando atrás sus pesares. Baja un hombre,
desconocido, que le echa algo de pienso que se desparrama por el
suelo. Ellos con sus hocicos gruesos tratan de comerlo. Se oyeron dos
disparos.
Marisa Camacho
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Humillada
Me
besa con suma conciencia para no equivocarse,
¿Cuándo
perdí mi alegría?¿ Dónde se fue? ¿Se marcho a trompicones, con cada
carcajada muda, con cada conversación sin termina o sin empezar.
Más
bien me siento humillada y avergonzada pues no he sabido cuidar de lo
único que es mío, mi esencia , mi yo.
Ana
Clara Mateo
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Playa-Mochila
“Carlos”
¿Conocéis
a Carlos? ¿No?, yo creo que sí. Creo que casi todos los que
vivimos por esta zona conocemos a Carlos, aunque muchos lo conocen
como “el Canario”.
Carlos
es un joven de edad indefinida, su piel está curtida por las
inclemencias del tiempo: el frio viento de poniente en invierno y el
ardiente levante del verano.
Nadie
tiene quejas de Carlos. A nadie molesta ni pide. Es un “sin techo”
que duerme bajo el techo más hermoso que existe. No tiene casa, pero
vive en una playa maravillosa. No tiene compañeros de trabajo, pero
muchos de los que pasan por el Paseo Marítimo, por la zona en la
que está él, lo saludan y se paran a hablar.
¡Qué
bonito!, ¡Qué poético!, sí, pero en invierno, ese techo tan
hermoso es inclemente, el viento de poniente te corta el cuerpo como
finos cuchillos, los que pasamos y lo saludamos o hablamos con el nos
vamos al calor de nuestras casas y allí queda él sólo.
Carlos,
el Canario, hace muchos, muchos años que no ve a nadie de su
familia, ¡el viaje a Canarias sale tan caro!
No
lo he visto, me ha extrañado y he preguntado a mi hermano por él.
“Está en Canarias, una ONG le ha pagado un billete para que vea a
su familia”
Carlos
cogió su pequeña mochila en la que caben todas sus pertenencias y
después de muchas dudas y miedo a su claustrofobia, viajo al
encuentro de su pasado.
Y
yo me pregunto ¿Volverá?
Regla Rodrigez
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La vida misma
Me
dicen que escriba un cuento para adultos, y no piensan que toda la
vida es un cuento.
Desde
el primer instante de nuestra vida, nos colocan un chupete, con el
cuento que así vamos a dormir más tranquilos y relajados.
Y
luego no hablemos de que al menos en mi época, nos contaban que los
niños los traía la cigüeña de París, y que me decís del cuento
del Ratoncito Pérez que se lleva los dientes que dejamos debajo de
la almohada, y después los Reyes Magos que vienen de Oriente con
regalos.
Cuando
llegamos a la adolescencia, siempre el mismo cuento, hay que
estudiar, es lo más importante, tener una carrera y así serás un
hombre o mujer de provecho. Serás feliz, tendrás un buen trabajo el
día de mañana y luego piensas en todos los universitarios con
masters, con idiomas que se encuentran en el paro.
Pero
bueno, qué me decís de esos anuncios maravillosos, esas cremas
mágicas que te quitan las arrugas y te retornan a los 20 años. Esos
fármacos milagrosos que te hacen adelgazar sin dietas. Esos perfumes
que te vuelven sexi e irresistible, esos coches que te hacen creer el
dueño del mundo, un ser superior, que rebasa la mediocridad.
Por
no hablar de los políticos, de los préstamos, de los bancos y de un
largo etc. que sería interminable.
El
problema de todo esto, de estos cuentos de la vida, es que no podemos
decir “y colorín colorado este cuento se ha acabado”
Marisol Acuriola
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La risa
Me gustaría ser
Risa, pero no esa de ¡ ja, ja, ja! sino esa otra que te
desternillas, por las cosquillas, por contagio de ver a otro reír o
porque surge.
Esa que se acompaña
de lágrimas limpias y que no puedes controlar, sea o no el instante
correcto. Esa que acompaña al inconsciente y surge como
protagonista.
Esa que expande los
pulmones, aligera el aleteo nasal. Arquea y balancea la espalda,
agita el diafragma y si te pilla llena descarga la vejiga.
Esa risa sanadora,
espontánea, que nos diferencia de otros. La risa verdadera es
saludable irradia luz blanca. Todos deberíamos coleccionar y guardar
esos momentos o anécdotas que desencadenan esa mágica sensación de
placer y felicidad.
Mila Ortiz
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