•13:54



Sombras


Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad, con todas las personas que por su vida habían pasado, sin ausencias, sin rencores, sin culpables, en armonía, como si no existiera el factor tiempo, donde podía juntar a todos, aunque hubiera gran diferencia de años entre sus nacimientos, de aquellas personas que no conocía y tanto oyó hablar, y de las que le seguirían y que con probabilidad no conocería. Esa Navidad virtual. 



                                                                       

 
Montserrat Martinez
•13:48


MIEDO


Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad, la que vendría después, las anteriores habían sido tan felices siempre, recordaba ese calcetín colgado, cerca de la chimenea colmado, desbordado de regalos y casualidad, casi todos eran para mí. Pasar las hojas del calendario, día a día, mes a mes, se me antojaban eternos, quería una más.

Sigo soñando con otra Navidad, después de muchas pasadas, tantas, que las he metido en un rincón de mi memoria, como si estuvieran en un saco, he cerrado éste con nudos fuertes, esos recuerdos, mis tesoros, no escaparán.

Ahora duermo menos por la edad y los sueños no son tan dulces, a veces me cuestiono si deseo que llegue otra Navidad.


                                                                             


Maria Luisa Martin
•13:36


AROMA



Si las sensaciones fueran tan auténticas y reales como las que sentí ayer , mi alma volvería a renacer, me sentiría niña otra vez. Me propuse ordenar y limpiar el trastero aunque hacía mucho calor, sudé bastante (cosa rara en mí pues apenas si lo hago) cuando por fin terminé, lo único que se me apetecía era una ducha, sentir el agua jabonosa y fría correr por mi cuerpo, limpiándolo y aromatizándolo con el olor del gel de romero.

 Buscaba mi ropa interior en el cajoncillo donde las guardo, al hacerlo percibí un olor muy conocido y añorado, traté de localizarlo, miré por la ventana, viendo el naranjo que me regalo mi madre, fue entonces cuando lo supe, me recordaba a ella, era mi olor tan igual al suyo que lo sentí dentro como si siguiera viva en mi, su aroma se quedó conmigo.

¡ Madre que te fuiste de mis brazos en esa madrugada tan oscura. !
Ayer como para aliviarme, envíaste a mis recuerdos tu olor en esa calurosa tarde de verano, me sentí como cuando era niña, oliéndote, si era exactamente el mismo olor. Tu sudor al contrario de muchas personas era dulce y acariciante, olor a protección, a cariño, a amor ¡ Qué gran regalo me hiciste al dejarme lo que siempre me unió tanto a ti, tu tu aroma


                                                     


Marisa Camacho
•13:23

  Otra tarde más





Blanca como cada tarde después del almuerzo se pierde entre los utensilios de cocina, los deja caer de golpe al limpiarlos, suspira, se irrita con la cesta del pan que siempre se resiste a entrar en el pequeño mueble, 30 largos años juntos, en esos momentos de sus vidas ella quiere presente, él deja pasar el tiempo.

Cuando ella coloca milimétricamente la planta en el centro de la mesa del comedor, Fabio ya ha entrado en el letargo de cada tarde, engullido en el verde sofá.

Lo observa, sus marcadas arrugas, su pelo escaso. Al verlo cabecear ante la inercia de la posición adoptada,, le parece mucho mayor. Otro suspiro.

El aire se hace paso, no sin dificultad, en su pecho, sus pasos apesadumbrados la acompañan al dormitorio, donde descubre sin asombro, a un fornido hombre en su pulcra cama.

De inmediato la requiere con unos vivos y bellos ojos, que le desarman al instante cualquier atisbo de inapetencia.

El temor que siente al saber a su marido en la habitación contigua, se desvanece con una pasión que envuelve sus sentidos durante años adormecidos.

De repente irrumpe Fabio en su dormitorio y ella … se inquieta, se encoje, y al tocar en una furtiva caricia sus propios labios, se estremece, volviendo....bruscamente a la realidad.





Pilar Ricoy
•13:38


Aquellos años


¡Qué recuerdos me vienen a la mente! Añoro aquel olor de mi niñez, cuando mi madre todos los sábados, después de hacer la “limpieza a fondo” como ella la llamaba, recorría todas las habitaciones con el brasero recién encendido y un pellizco de alhucema, para que quedara impregnado el “olor a limpio”.
El recuerdo hace que se me abran los sentidos, es un olor que nunca podré olvidar….


Mª José Urbano
•13:28

PUNTO DE APOYO

Los hombres que a mí me gustan no saben llorar, pero lo hacen  a su manera. Le reprendieron  con la célebre frase “los hombres no lloran” desde la primera vez que se cayó en el parque, y se tragó las lágrimas haciendo pucheros para que sus amigos no lo vieran.  Aprendió a dominarse pero no por ello es insensible, sufre como los demás y su aparente fortaleza sirve de apoyo a otras personas más débiles,  
Así era tu padre hijo mío, no debes olvidarlo  cuando ahora,  minado por la enfermedad, lo veas hecho un guiñapo llorando y llamando a su madre todo el día.  Sécate las lágrimas , ahora necesito que me ayudes como él siempre lo hacía, ya sabes cómo son los hombres que a mí me gustan.

MERCEDES RODRÍGUEZ DE ZULOAGA
•13:45

FELICIDAD A LA CARTA



Por cierto ¿hoy es domingo?
!Pero que pesado eres, Paco! Si sabes que no tenemos almanaque, ni siquiera pared en la cocina para colgarlo. Ni siquiera cocina. No sé a qué a que viene tanto interés...

Muy fácil. Si fuera domingo, no tendría que levantarme a las seis, ni llevar a los niños al colegio ni coger el tren para ir a la oficina, ni soportar al Sr. Boss, ni... llevarme ocho horas estrujándome el coco, ni coger el autobús para ir a recoger a los niños, ni … bueno, ya lo demás sería igual que los demás días. Pero más cansado.

Pues lo siento, Paco. No sé si será domingo para ti, pero para mí es viernes y hoy me voy a la clase de creación literaria, el rato más divertido de la semana, esta vez aún más , porque los trabajos son fantásticos y disparatados y mis compañeros son imprevisibles. !Ahí te quedas,en esta isla en la que llevamos tres veranos desde que naufragó nuestro barco, donde todos los días son domingos, o viernes, o lunes según se nos antoje, porque después de todo, ¿ qué más da? Cada uno es feliz cómo le da la gana.

 
                                                         
Mercedes Rodriguez de Zuloaga
•13:25

Mi Pedrito

No vi al muñeco cerrar los ojos, mis pensamientos estaban en un más allá, perdidos en la penumbra, donde no atinaba a enlazar ideas y recuerdos. !Tantos  que teníamos mi muñeco Pedrito y yo...! no podía recordar esos ratos o días en los que siempre juntos, pasábamos en esquinas delas  avenidas, él inmune a los cambios climatológicos, y yo con frío o calor , siempre estaba asombrado, mirando con espantados ojos el devenir de los pequeños niños. Luego, mas adelante, restaurantes y teatros donde nuestras actuaciones fueron aplaudidas fervientemente por públicos entregados. Estuvimos unos años recorriendo todas las capitales de provincias con éxito, terminé extenuado de tanto trabajo y viajes.
Hoy me encuentro postrado en esta cama, cansado y deseando llegar a la paz y al final del camino, voy a cerrar los ojos para siempre y encontrarme con mi Pedrito, allá donde esté.


                                                                                                                                      Rafael Benítez   

•13:53



BORRAR LAS HUELLAS


Deberías airearte un poco, estas muy acalorada, le decía con sarcasmo cada vez que tenían un enfrentamiento.
Ella, cansada de aguantar su carácter hostil y machista, decidió complacerlo y se fue a la playa.
La tarde de aquel diáfano día de primavera y su mágica y prodigiosa puesta de sol la acompañaban dándole fortaleza. Paseaba descalza por la orilla, sintiendo el aire acariciar su jovial rostro y observando como el astro rey se iba ocultando.
En sus huellas iba dejando caer los motivos de su infelicidad para que el mar los borrara para siempre.








Isabel Vieira
•13:33



MIRADAS DE BIGOTES



“Como un bigote antiguo no hay otro” decía la abuela cuando nos enseñaba su amarillenta foto de boda en el estudio de Raymundo. Luego, mirando al abuelo embelesada añadía por lo bajini “que guapo era, se parecía a Errol Flinn...”, y se quedaba callada. Nosotros para no interrumpir sus pensamientos ni nos atrevíamos a preguntar quién era aquel señor, pero siempre pensamos que era lo más.

Hoy este recuerdo ha venido a mi mente cuando he abierto el Facebook. Pablo, su bisnieto, siempre divertido y de simpatía arrolladora, ha colgado una foto en la boda de un amigo. Se ha quitado la barba que llevaba últimamente , pero conserva el bigote y ha peinado su pelo rebelde, a menudo con rizos indomables, engominado hacia atrás. Si a esto unimos la pajarita de etiqueta, podréis imaginar mi impresión. A su lado su mujer lo observa sonriente y feliz.

Es probable que ella tampoco sepa quién era Errol Flinn, pero lo que sí puedo aseguraros es que su mirada enamorada es la misma que tantas veces habíamos visto iluminando el rostro de mi abuela.




Mercedes Rodriguez de Zuloaga

•13:27


DELIRIOS


Como un bigote a lo antiguo, debajo de la nariz y con las puntas hacia arriba, se enfrentan en un extremo la cordura, en el otro la locura. Una invisible cuerda endurecida por el tiempo las aprisiona hasta confundirlas. Aturdido, oigo como el último suspiro de cordura da paso al primero de la locura.
-Creo que me voy a rasurar el bigote, me hace delirar.


                                                                                      


Lola Sepúlveda
•13:26


El tiempo que pasa
 
Atormentada por su pasado, Verónica, miraba a través de la ventana como caía la lluvia y se deslizaban las gotas por los cristales. Se calentaba en el brasero constantemente por el temblor que sentía en su cuerpo. Llegaba ya el atardecer y en un momento tranquilo, apareció sigiloso su marido y con agrado le comentó: "deberías airearte un poco" el estar encerrada todo el día dándole vueltas a la cabeza, sòlo te hace daño. Aquello ya pasó y ahora tienes que mirar hacia adelante, tú no tuviste la culpa.


                                                        


                                                        Mª José Urbano
•13:35


COMO UN POTRO DESBOCADO


Y la ponente les pidió que cada uno escribiera un relato¡Qué fácil propuesta!... Así, de golpe y porrazo…, “¡y sin anestesia!”…, como si escribir en ese momento fuera tan fácil… Le temblaba el pulso, el corazón galopaba en su pecho como un potro desbocado, la emoción la embargaba de pies a cabeza y no podía pensar con claridad, sólo sentir…; sentir un cúmulo de sensaciones que la desbordaban grata y salvajemente porque, dentro de esas cuatro paredes que la rodeaban, estaba acompañada por seres con sus mismas inquietudes y en el aire flotaba una promesa de felicidad: la clase de Creación Literaria acababa de comenzar… 



Mariló Lozano 


•13:33


ENTRE SONRISAS



Como un bigote a lo antiguo, asió un mechón de la larga y abundante cabellera de su hija pequeña y, frente al espejo, se lo colocó encima del suyo –fino y pulcramente recortado-; luego, recomponiéndolo, lo puso sobre su frente en actitud jocosa intentando tapar la calvicie. 

“¡Qué feo estás, papá!”, dijo la mayor asomándose tras ellos. Apoyada en la puerta, su tercera hija sonreía, divertida, mientras contemplaba la escena que se repetiría a lo largo de sus vidas; esa y tantas otras… Él era así, y sus hijas le adoraban.


                                                                              


Mariló Lozano

•13:10


LA ROSA DE MI JARDÍN


"Los hombres que a mí me gustan no saben llorar" pero a veces te supera la realidad, pensaba Mercedes aquella tarde de abril, mientras regaba sus claveles rojos que destacaban brillantes sobre la pared encalada, un tanto desconchada de su patio. 
 
Como un clavel rosa envuelta en la toquilla blanca de hilo que había tejido su madre, enseñaba a su primogénita a todos los vecinos, aquél hombretón de pelo en el pecho y enjuta barba. Acostumbrado a mandar y a ser obedecido, su marido, se enternecía como un niño hacia ese trocito de carne, sangre de su sangre. Cuando Rosarillo abrió los ojos por primera vez en medio de una turbia neblina, una lágrima le rodó, sin aviso, sin permiso, furtivamente por la mejilla.
      
                                                                   



Carmen Elïas Baturone
•13:20

BREVE



Solo ceniza guardo de ti, me quedé sin pulso, sin aliento, tu me hiciste reír, gozar. Pero que breve fue tu devenir, tan corto como ese cigarrillo de después, cuya volátil ceniza dejaste posar sobre las blancas y limpias sabanas de raso. Eso guardo de ti, ceniza y unas sabanas “echaditas a perder”.





Carmen Artaza
•13:35

DESPUÉS DEL ALMUERZO




Después de almuerzo, él se levantó, hizo una disimulada señal al maitre que desde una prudente distancia esperaba: le pidió la cuenta. Recorrió con la vista aquel pequeño y exclusivo salón que tantas veces había disfrutado . Pagó y se volvió hacía mí con un susurro: “Lo siento”, bajó los ojos y desapareció lentamente de mi vida.



                                                                                                  Pilar Perdices Galán
•13:08

 


Ilusiones Rotas

Me acerco para anotar sus nombres, los que no oigo por el incesante castañetear de sus dientes blancos, es la música con licencia para arrancarte el alma, para cortarte el aliento mientras los contemplas ante el frío y el miedo de sus sueños rotos.
Sentado en el suelo un hombre permanece abrazado a una mujer con los ojos cerrados e inmóviles, de vez en cuando un quejido desde el alma le desgarra la garganta, y ella, con su vientre abultado, le coge la mano que serenamente la posa en su vientre lleno de vida y esperanza, al que acarician al unísono.
Más allá, dos niños y un joven son los primeros de una fila de hombres y mujeres, los que han sido arrojados al viento y al mar como despojos humano hacia una tierra prometida.
En sus ojos, veo la locura que los ha acompañado cada noche arropados al sopor del entumecimiento y la congelación, del hambre y la sed que inquieta, ha ondeado entre sus cuerpos con el vaivén del océano, el que ha acunado su letargo arañados en la noche por una luna llena o menguante que los ha iluminando hasta un nuevo amanecer. Tendidos al sol de la mañana, poco a poco se han ido secando, incluso las lágrimas del miedo, que ocultas bajo su piel se esconden.
Callada, y sin decir nada, me he sentado al lado del hombre que aún permanece abrazado a su mujer bajo un manto de oro y plata como reyes destronados. Me he puesto a mirar la luna que rojiza irrumpe la recién estrenada noche. Él, ha sentido mi presencia y ha abierto los ojos pese al peso de sus parpados hinchados, su mirada, ha seguido la mía en una ausencia de vació hacia el infinito, y ahí, se ha quedado abstraído y perdido como en una arboleda lejana. Ella, empieza a inquietarse, jadea, respira cansada y, una leve sonrisa se le dibuja en la cara ante las primeras contracciones. Sudorosa y resoplando se lleva una mano al pecho, la otra hacia el vientre que empieza a moverse en silencio, sólo el gemir y el resoplo de una madre alerta le acompaña. Ajeno, el hijo va rompiendo las entrañas hacia un nuevo mundo, hacia una nueva esperanza, hacia una tierra extraña que le acogerá también como hijo suyo.
En mis manos, tres vasos humean el calor de un cobijo mientras a Zaira le brillan los ojos alumbrando entre dolores que se vuelven dulces. La noche es cálida; pero se ha vuelto fría bajo luces blancas que se mueven y descienden desde el cielo iluminando el arrecife, donde almas al lindero de la costa, intentan volar, bajo, una luna que corona el cielo e ilumina todo.
Rompiendo olas de cristal sin voces, una patrullera arriba nuevos cuerpos entumecidos, fríos y paralizados, que envueltos como Omar y Zaira brillan entre láminas, exhalando miradas perdidas, absortas, mirando con recelo hasta las gaviotas que surcan el cielo con los primeros destellos del día, donde se desvanecen sus ilusiones como la noche que precede a un nuevo día.
Vencidos, se dejan llevar de un lado para otro como copos de purpurina suspendidas en el aire. Cada segundo, se los ve más hundidos, y no precisamente en el inmenso océano al que han vencido, sino en su propia tristeza. Algunos lloran, otros, sollozan en silencio, saliendo su alma blanca por los poros de su piel negra y quemada. Suspiran. Un aluvión de pensamientos les tienen que invadir el alma, la que se asoma por sus ojos abatida, entre los pensamientos, aquellos que les deshidrataron las lágrimas ante promesas de una vida de ensueños, las mismas lágrimas que ahora brotan enfurecidas y en silencio, ante un futuro nuevamente incierto.
Saben, que han nacido de nuevo al caer el sol, al instante de ese segundo en el que un soplo de mar les ha delatado a la patrulla de costa: entre balanceo de espumas blancas y frías. Como un frágil cristal tallado, sus ilusiones se ha roto entre manos que rabian ensangrentadas, con labios abiertos, con bocas ásperas como lagartos al sol a la salazón del mar y el viento.
Las miradas se les vuelven perdidas, distantes, vacías y llenas de dolor. En algunos, se puede adivinar su terror ante el inmenso mar que vestido de un dulce espejismo les ha jugado malas pasadas. No sé que les hiere más en estos instantes, si su dignidad quebrada, o la sentencia que le dicta no saben bien quién: si ¿el hombre?, ¿la vida? o el propio destino.
El día empieza a despuntar. Las estrellas se apagan y el lucero del alba se enciende al resplandor aún oculto del sol reflejándose en el mar. El cielo, aparece con ráfagas violetas que se filtran entre algunas nubes emborregadas que distorsionan los colores dando una hermosa alborada. Dentro de unas horas, un nuevo día trascurrirá no igual para todos. Yo, iré a casa, dejaré mi chaleco de voluntariado y me fundiré en un baño de espuma blanca y caliente. En la cocina, la cafetera anunciará tras un silbido largo un suculento café inundando con su aroma hasta los rincones más recónditos de la casa. Su olor, me hará presente la noche ya pasada. Han sido más de seis amargos cafés azucarados en menos de doce horas en una noche hermosa de luna llena; pero ausente de almíbar. Aún sin dormir y con esa terrible realidad grabada en mis ojos me asalta la duda si todo esto se volverá rutina, si se volverá un adorno más del hermoso paisaje de nuestras costas y playas. Siento escalofríos al pensarlo. Me aterra. Mientras, el sol sigue su curso y así el día. Me agito ante la rutina. Cojo mis libros y con la mente aún a medio a espabilar, se acerca el tren de cercanía, el que me lleva y me trae a la facultad, donde todos los días engulle y vomita a tantos jóvenes, algunos, deseosos de ver cambiar este mundo de su triste realidad. Otros, pasando irreflexivos, paseando la cómoda y ciega ignorancia ante esos valores que sólo percibimos como cotidianos.
Hoy, tengo un examen de dos horas de ocho temas de sociología. El pensamiento me ha zarandeado volviéndome de nuevo al horror de los cayucos:- Y pienso en ellos-: en Galia, Ahmed, Yassin, Zaira, Ranya… ¿que será de ellos nuevamente repatriados?- me pregunto -siempre como un bumerán la misma respuesta: -Volverán a lo inhumano, a lo injusto, a la crueldad del hambre y a la pobreza que abraza a su tierra. Y mientras tanto,
los dirigentes seguirán siendo como torres de Babel, hablando sin entenderse. Y ellos, seguirán atrapados en su cruel lejanía llamado: “El Tercer Mundo”
Una hoja de papel se ha puesto ante mí con dos fragmentos de un poema de Rafael Alberti.......
Tristes pájaros que van
bajo los soles quemados,
sin sueños en busca de pan.
           Que van más lejos, afuera,
dejando el hogar en llanto,
solos, a tierra extranjera.
Más abajo, dos líneas:
Desarrollar un tema relacionados con la pobreza, la exclusión social, y el hambre en el mundo”.
En el desarrollo, he invitado a todos los dirigentes políticos del mundo a ponerse en la noche un reflectante chaleco de voluntariado.


Tercer premio Certamen Literario del Puerto:
 "La arboleda Perdida" y Fundación Rafael Alberti
Mercedes Revuelta Gomar

•13:35

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Melodía de amor entre líneas


Ya han pasado 2 largos años desde que ella apareció en su vida suavemente, sin pretensión alguna, ni mucho menos aspiraba a ser el centro de su existencia, como así resultó ser …
Pablo por aquél entonces se encontraba concluyendo su matrimonio. El descuido de la ternura ahogó en un profundo océano cualquier atisbo de ilusión en sus vidas, manteniendo a flote sólo reproches y discusiones.
Se instaló en un pequeño y cálido apartamento, no muy lejos de la casa familiar, asegurándose así seguir presente en la vida de sus retoños.
Tuvo que pasar algún tiempo para acomodarse en el silencio, la soledad le susurraba su presencia continuamente, borrando todo color en su ánimo.
Una vida entregada por entero a la familia no dejó espacio para cultivar nada más.
Fue así como cedió a lo que siempre se había negado, utilizar las nuevas tecnologías como recurso para relacionarse. Pronto se sumergió en las redes sociales, al ver que le ofrecían la posibilidad de contactar según su disponibilidad y horarios.
El reencuentro de amigos y algún que otro familiar, así como participar en conversaciones ajenas a su situación, hizo que entrara cierta agilidad y frescura en su vida.
Fue a través de un chat donde conoció a Gabriela, hablaron desde el primer momento con la naturalidad que surge cuando no se pretende nada, ella era de Honduras, lo que propició un intercambio inmediato de sus distintas culturas sin otro tipo de presentación.
Pronto mantuvieron un fuerte y cercano vínculo, gracias a WhatsApp, ésta aplicación les llevaba la inmediatez del instante del otro, compartiendo ideas y sentimientos, grabaciones con el calor de sus voces, vídeos compartiendo el lugar donde se hallaban y así … un sin fin de acercamientos a través de esos leales cómplices, sus móviles.
Él era atento y honesto en sus manifestaciones, fue retomando el humor que creyó perdido a través de la ilusión que le traía ella.
En las palabras de Gabriela, le llegó la dulzura que tanto anhelaba, a la vez que una madurez de la vida que lo llenaba de admiración.
Ella era voluntaria en una organización en su propio país, trabajaba en una aldea donde el objetivo principal era la protección de niños sin familia.
Pablo entró en su vida como ella en la de él, a través de la ilusión por compartir, ya que a ambos les unía desde un principio ese tipo de soledad que descoloca cualquier corazón.
Gabriela llegaba a casa al anochecer, al colgar su máscara de fortaleza y entrega, se topaba de bruces con su vulnerabilidad y su carencia de amor como mujer, su argumento siempre fue el mismo : no tenía tiempo para cuidar de nadie más.
Pronto con sus mutuas atenciones y el buen hacer de las palabras, se fue convirtiendo ese vínculo tan especial en un sincero y gran amor.
Él rebosaba alegría, se encargó de transmitírselo sin descanso, acompañándola en cada momento que le era posible, haciéndole llegar continuas muestras de sus sentimientos y de su gozo por amarla.
Ella se sintió amada y protegida, sus días se llenaron de una ilusión en la que sonaba una melodía continuamente a su alrededor, convirtiendo el quehacer diario en algo excepcional.
Necesitaban verse, tocarse, entenderse sin palabras … pero el devenir de sus vidas hizo que pasaran 2 años sin conocerse personalmente. Habían pretendido colmar su amor y su deseo detrás de una pantalla digital. No era ningún juego, no eran niños, y se les iba la vida en ello, a veces tanto sentimiento sin el otro, los hacía frágiles.
Pablo obtuvo un permiso de 5 días en la empresa de mensajería donde trabajaba, sin pensárselo dos veces, voló hacia ella extendiendo sus alas llenas de emociones encontradas... ilusión, dudas, amor, ¿cómo se sentirían?, ¿habría tanta conexión como por escrito?, ¿y las noches... sentirían la misma pasión que en sus juegos a través de las palabras? ¿ cómo sería su piel?, ¿se entenderían? , tenía tanto de que hablarle... sentir su sonrisa, su olor, su mirada, esa misma noche en su último mensaje le escribió: “en sueños, la marejada me tira del corazón. Se lo quisiera llevar”. Tú eres mi mar.
Durante el largo y dificultoso trayecto hasta llegar a Copán, pequeño pueblo donde ella residía, le conmovió el esplendor de la naturaleza de ese bello país, era el principio de un hermoso sueño, esa tierra cargada de selvas y montañas, poblada de gente amable y sonriente, no podía presagiar otra cosa que no fuera hermosa.
Él llevaba envuelto su corazón en papel de regalo.
Ambos andaban nerviosos como niños, ansiando que no ocurriese ningún contratiempo, con esa inquietud que surge cuando la felicidad parece acompañarnos.
Por fin llegó el momento... tan emotivo fue el encuentro, que se quedaron uno frente al otro, inmóviles, en silencio, mirándose con una ternura infinita... hasta que él la elevó en sus brazos comiéndosela a besos, ella … reía plena de felicidad.
Fueron 5 días en los que exprimieron el tiempo a la vez que lo detuvieron. No era una fantasía virtual lo que provocaba esa entrega absoluta en cuerpo y alma.
Las palabras tan usadas entre líneas no fueron necesarias.
Cuando se quiso dar cuenta, Pablo se encontró volando de regreso a casa emocionado por la grandeza de lo vivido, se despidieron sin encontrar la sonrisa , no sabían cuando se volverían a ver.
Al llegar a casa, miró cada rincón de su estancia como si no hubiese estado nunca en ella y antes de que esos maravillosos días se perdieran en su conciencia como una realidad, sintió la necesidad de rememorar todo cuanto traía en su corazón.
Y así con su rostro bañado en lágrimas se dispuso a escribir su primer encuentro con ella: La miré a los ojos, se paró el tiempo, bajó la mirada halagada y comprendiendo. No dejé de mirarla, sus ojos languidecieron al besarla. Me miró estremeciéndose, entré de puntillas en su alma. Emprendimos la ceremonia, no queríamos prisas, aunque pronto con los latidos de nuestros cuerpos vibraron nuestras grandes alas. ¡ Entre nosotros estallaron múltiples flores blancas!
Esa noche, después de unas horas resguardando entre palabras muchos de los momentos vividos, se durmió con todo el dolor en su corazón de un poeta exiliado.



Segundo Accésit  Certamen Literario del Puerto:
 "La arboleda Perdida" y Fundación Rafael Alberti

Pilar Ricoy Mera


•13:10



LA CASA DE ABUELA


Cruzo el pequeño patinillo, adornado con algunas macetas, y subo la estrecha escalera cuyo primer tramo lo componen unos altos escalones y un recodo casi imposible; una escalera de blanca e inmaculada cal, cuyos peldaños, de losa grisácea en su superficie, han pisado varias generaciones. Ahora, en la fría y ya casi oscura tarde, se muestra silenciosa bajo un trozo de cielo donde, tímidamente, asoman algunas estrellas. Mientras asciendo, echo un vistazo hacia la ventana que aparece a mi izquierda y hacia aquella otra, pequeñita, al final de la misma. Permanecen igual que cuando yo vivía allí con mis padres y hermanas, como si no hubiese pasado el tiempo, sólo que, ahora, permanecen cerradas y no hay vida en su interior. Abro la puerta de aluminio y cristales esmerilados -que años atrás no existía-, y aspiro ese olor a limpio de mi infancia mientras accedo por un angosto y largo pasillo a la casa de mi tía.
- ¡¿Adela?!...
- ¡Sí! ¿Quién es?...
Casi a oscuras y con la sola compañía de su labor, una anciana, de finos y escasos cabellos grises, sonríe por encima de sus gafas mientras deja sus manos quietas sobre el regazo. Está sentada en una mecedora al fondo de la sala, en medio de la puerta de la terraza, el mismo sitio desde donde, hace ya más de medio siglo, ve la vida pasar…
- ¿Qué hay, preciosa? Aquí estoy, peleándome con el ganchillo.
Llena de ternura, cruzo la pequeña estancia provista de escasos y modestos muebles. Las fotos de sus hijos, nueras, nietos y bisnietos –testigos mudos del paso del tiempo- colocados cuidadosamente por toda la sala, al igual que sus blancos y almidonados paños de crochet. En el mueble principal, desde donde mi memoria alcanza, el libro de poemas de Rafael Alberti: Marinero en tierra… “Marinerito delgado, Luis Gonzaga de la mar…” Sorteo la pequeñísima mesa camilla y retiro un poco el andador con el que se ayuda por la casa. No sin cierta dificultad –aún tengo que evitar una pequeña banqueta de plástico donde reposa una de sus hinchadas piernas- me inclino para besar sus blancas y hundidas mejillas.
Esta vez le llevo rosquitos, le encantan. Me pide verlos y, con gesto picarón, coge uno y se lo lleva a la boca. Llevo el resto a la cocina, un espacio tan reducido que me parece casi de juguete. Mientras poso el plato en la pequeña mesa pegada a la pared de la izquierda, echo una rápida mirada a ese estrecho rectángulo provisto tan sólo de un seno, una pequeña cocina económica y un simple frigorífico; al fondo, el único mueble colgado que siempre estuvo allí, con sus tres puertas de formica verde. Nadie diría, por las dimensiones y la pulcritud reinantes, que se sigue elaborando allí comidas caseras a la antigua usanza.
Me siento cerquita de ella, mientras me enseña la labor y me cuenta cosas, observo sus gestos, sus ojos, su cara, sus manos… y veo a los abuelos… y a mi padre…
Cuando llega el momento de marcharme, levanta trabajosamente su dolorido cuerpo; no quiere que la ayude, ella puede con todo: con la comida, con la casa, con el lavado, con la plancha… Lo que ya no puede, desde hace un tiempo, es ir a la casa de abajo y subir a la azotea.
Se recompone la toquilla sobre sus hombros y me acompaña hasta la puerta muy despacito, pisando con cuidado las mismas baldosas, ya gastadas, que tantas veces pisaron mis pies de niña. Alza sus brazos para asir los míos y me aprieta con sus manos mientras nos besamos tierna y efusivamente; yo, siento la fragilidad de ese cuerpo que tanto quiero, y reprimo mis fuerzas por temor a romperlo o hacerle daño.
- La próxima vez voy a traer tarta de galletas con chocolate.
- ¡Mmm!…-Exclama poniendo los ojos en blanco y haciendo un gesto muy simpático que siempre me recuerda a Miliki, el payaso de la tele…- Y me lees, que hoy con tanta cháchara nos hemos olvidado de nuestro querido Alberti. Adiós, preciosa- Me dice sin dejar de sonreír.
Una amalgama de sentimientos inunda todo mi ser mientras bajo a despedirme de mis otras tías, y en el recuerdo, esa misma casa que dejo inmersa en el silencio y la soledad, aparece con gente que sube y baja por esa escalera de blanca e inmaculada cal; luces amarillentas salen de esas ventanas desde donde se oyen voces, risas; el ruido de un tenedor golpea rítmicamente un plato; luego, el chisporreteo de la cocina y ese olor a tortilla que sube desde el patinillo… Correteando felices por allí, en un mundo mágico, tres niñas cantan… “Marinerito delgado, Luis Gonzaga de la mar, ¡qué fresco era tu pescado acabado de pescar…!”
Me voy llena, satisfecha, pero con el temor de que, tal vez, sea la última vez que vea a esa tía junto a la que me crié. El próximo mes de Abril cumplirá noventa años…


   Primer Premio Certamen Literario del Puerto:
 "La arboleda Perdida" y Fundación Rafael Alberti 
Mariló Lozano López