•9:54


Secretos inconfesables

El puñetero ojo de la cerradura estaba dándole que hacer. Cierto que hacía meses que no usaba la llave, distintos enfrentamientos y asuntos de negocios hicieron que su ausencia fuese mayor de lo habitual, pero ello no era óbice para que la maldita llave no girara en el ojo de la cerradura.
Desesperado por la impotencia, miraba a su cándida, fértil y obediente esposa en señal de ayuda. Ella, sin embargo, con sonrisa picarona callaba guardando para sí el secreto, su amante, su confesor había sustituido el cinturón de castidad.
José María Barrios


|
This entry was posted on 9:54 and is filed under . You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

0 comentarios: