La duda
Poco
antes de que los domingos fueran amargos,
tuve que enfrentarme con mi
soledad. La tristeza y la melancolía me invadían y los recuerdos de
mis seres queridos asaltaban mis noches transformando mis sueños en
terribles pesadillas, cual si fuese un preludio anunciador de los
muchos horrores que estaban por llegar.
En
este mundo que habito, ya no existen domingos ni días de la semana.
Aquí en fin, desde que el sol dejara de lucir, impera la oscuridad
más absoluta y tenebrosa. Hace frío, mucho frío. Sin embargo,
percibo una sensación de bienestar en mi cuerpo que estas malditas
tinieblas no me dejan ver.
Si
esta sensación de bienestar que siento es la muerte, no deseo estar
por más tiempo vivo.
José
María Barrios
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LOS
DÍAS DEL RECUERDO.
Y
le manchaba de harina al entregarle el paquete que, cada mañana, al
alborear el día, enviaba al siguiente lugar de la lista. Aquella
interminable lista que su abuela le había entregado poco antes de su
muerte.
Fue
allá por mil novecientos setenta y dos. Aún mantengo vivo el
recuerdo del primer adiós que guardo, su cuerpo, yerto, en la
cama del hospital; mi mano acariciando su mano fría. Pero lo guardo
junto a los de mis paseos en verano, durante las vacaciones, en las
que me llevaba, como lazarillo, para entretener mis mañanas en la
plaza, entre recados.
Viven
en nosotros, vivirán mientras vivamos. Ahora que se acercan esos
días de limpieza y flores.
Vicente Díaz
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Salvados
Aquel
verano de 1945, ¿fue cuando me engendraron? No, no me salen las
cuentas. Debió ser por la primavera. Lo que sí sé, es que en la
calurosa noche del verano del 47, me llevaron a la playa junto con
mis hermanos para huir de la gran explosión que se originó en la
ciudad.
Mi
padre se transformó en salvavidas y mi madre en la barca que nos
llevó hasta él. Frente a la tenebrosa luz de los incendios, la luna
llena nos guió hasta la salvación.
Amalia Mendoza
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Verano
de 1945
Aquel día de verano de 1945 el último, un veintidós de Septiembre.
Aquella mañana mientras ultimaba el equipaje, imaginó como sería
su vida y se estremeció. Ahora no se volvería atrás, tenía veintitrés años y salir de la miseria era su prioridad.
La
tragedia de su existencia en aquel país se prolongó veinte años.
Regresó con arrugas profundas en su rostro, sienes hundidas,
plateadas, una mano detrás y otra delante. Su vida, en ningún
momento hermosa, estuvo llena de tropezones, caídas y fronteras.
Ana Clara Mateo
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