BORRAR
LAS HUELLAS
Deberías
airearte un poco, estas muy acalorada, le decía con sarcasmo cada
vez que tenían un enfrentamiento.
Ella,
cansada de aguantar su carácter hostil y machista, decidió
complacerlo y se fue a la playa.
La
tarde de aquel diáfano día de primavera y su mágica y prodigiosa
puesta de sol la acompañaban dándole fortaleza. Paseaba descalza
por la orilla, sintiendo el aire acariciar su jovial rostro y
observando como el astro rey se iba ocultando.
En
sus huellas iba dejando caer los motivos de su infelicidad para que
el mar los borrara para siempre.
Isabel
Vieira
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MIRADAS
DE BIGOTES
“Como un bigote
antiguo no hay otro” decía la abuela cuando nos enseñaba su
amarillenta foto de boda en el estudio de Raymundo. Luego, mirando al
abuelo embelesada añadía por lo bajini “que guapo era, se parecía
a Errol Flinn...”, y se quedaba callada. Nosotros para no
interrumpir sus pensamientos ni nos atrevíamos a preguntar quién
era aquel señor, pero siempre pensamos que era lo más.
Hoy este recuerdo ha
venido a mi mente cuando he abierto el Facebook. Pablo, su bisnieto,
siempre divertido y de simpatía arrolladora, ha colgado una foto en
la boda de un amigo. Se ha quitado la barba que llevaba últimamente
, pero conserva el bigote y ha peinado su pelo rebelde, a menudo con
rizos indomables, engominado hacia atrás. Si a esto unimos la
pajarita de etiqueta, podréis imaginar mi impresión. A su lado su
mujer lo observa sonriente y feliz.
Es probable que ella
tampoco sepa quién era Errol Flinn, pero lo que sí puedo aseguraros
es que su mirada enamorada es la misma que tantas veces habíamos
visto iluminando el rostro de mi abuela.
Mercedes Rodriguez de
Zuloaga
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DELIRIOS
Como un bigote a lo
antiguo, debajo de la nariz y con las puntas hacia arriba, se
enfrentan en un extremo la cordura, en el otro la locura. Una
invisible cuerda endurecida por el tiempo las aprisiona hasta
confundirlas. Aturdido, oigo como el último suspiro de cordura da
paso al primero de la locura.
-Creo que me voy a
rasurar el bigote, me hace delirar.
Lola Sepúlveda
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LA ROSA DE MI
JARDÍN
"Los
hombres que a mí me gustan no saben llorar" pero a veces te supera
la realidad, pensaba Mercedes aquella tarde de abril, mientras regaba
sus claveles rojos que destacaban brillantes sobre la pared encalada,
un tanto desconchada de su patio.
Como
un clavel rosa envuelta en la toquilla blanca de hilo que había
tejido su madre, enseñaba a su primogénita a todos los vecinos,
aquél hombretón de pelo en el pecho y enjuta barba. Acostumbrado a
mandar y a ser obedecido, su marido, se enternecía como un niño
hacia ese trocito de carne, sangre de su sangre. Cuando Rosarillo
abrió los ojos por primera vez en medio de una turbia neblina, una
lágrima le rodó, sin aviso, sin permiso, furtivamente por la
mejilla.
Carmen Elïas Baturone
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